Autoridad, respeto y otra forma de enseñar

En el aula, ha de lograrse autoridad y respeto: lo contrario del temor y la subordinación. No debería suponerse que, si uno no impone su voluntad, está condenado a aceptar la de otros. Y no es acertado entender que el respeto es un gesto de alineación u obediencia: es un sentimiento y está más próximo a la admiración que al sometimiento. Se lo puede estimular, pero no se lo puede imponer.

Es importante descentralizar la posesión del conocimiento. La obtención y asimilación de los conocimientos son resultado de una experiencia que se multiplica en el intercambio grupal y se enriquece desde distintas fuentes, formales o informales. El docente debería ser participante y beneficiario de una dinámica que, cuanto menos, dependa de su exclusiva participación y presencia, más cerca estará de su objetivo. Que un chico imagine que los adultos lo saben todo es esperable. Que los adultos vivencien complacidos esta admiración infantil es comprensible. Pero el vínculo que así se genera merece ser aprovechado para estimular la posibilidad del pensamiento crítico de las nuevas generaciones. Estimular la crítica a la autoridad es el mejor y más corto camino para ganarse el respeto. También conviene articular los contenidos a los intereses y necesidades concretas y actuales de los destinatarios, ya que el interés del receptor decae o desaparece cuando advierte que está recibiendo herramientas supuestamente útiles pero cuyo beneficio será lejano o fortuito. Y es pertinente redimensionar la importancia exagerada que se otorgó a la memoria reproductiva: si bien toda actividad intelectual se apoya en los conocimientos adquiridos, que son materia prima para comprender lo nuevo y desconocido, esta condición necesaria no es suficiente. Aquello que se incorpora sin metabolización personal tiende a quedar como un acervo erudito sin más utilidad que su exhibición.

Estimular la autonomía antes que el éxito; promover la cooperación en detrimento de la competitividad; respetar y estimular las diferencias; rescatar sin juicios maniqueos “bueno-malo” la existencia de diferentes tiempos, habilidades, intereses, momentos, características físicas, culturales, sexuales, familiares; estas actitudes favorecen el aprendizaje y su ejercicio se convierte en un aprendizaje en sí mismo.

La escuela tradicional se asienta en una premisa generalmente no explicitada: pulsiones y afectos –amorosos, agresivos, de poder, de saber, apatía, rebeldías, miedos y tristezas– deben quedar excluidos. Casi nadie negará su existencia, pero su hábitat natural debe ser –se dice– extraescolar:

Hace falta recordar que la vida es mucho más que la lectoescritura, las funciones matemáticas y la capacitación laboral. A partir de restituir la importancia de esta parte de la vida será más fácil pensar –y alentar–, con instrumentos provistos por la educación, distintas y mejores formas de vivir.

Y es necesario reconocer la ineficacia y las desventajas del castigo como instrumento pedagógico familiar y escolar. Aunque los castigos y las penitencias se han ido atenuando, todavía se apela a ellos como recurso didáctico. La mala nota, la tarea como castigo, la firma o la amonestación, la “prueba sorpresa”, echar al alumno del aula, dejar a los alumnos sin recreo, la repetición del curso, la burla, el reproche, incluso notificaciones a los padres, siguen demostrando que en la intimidad persiste la creencia en el castigo como recurso más adecuado.

En esta línea, el derecho a la educación y la obligatoriedad de la enseñanza debe plantearse en su justo punto. La obligatoriedad de la enseñanza es un imperativo para el Estado y un instrumento para que los padres no interfieran en el derecho de los hijos a la educación. Pero, entendiendo erróneamente la obligatoriedad, suele buscarse el motor del aprendizaje en la coacción que padres y docentes ejerzan sobre el alumno. Suponer que se puede enseñar a pesar o en contra del interesado descoloca el verdadero sentido de la enseñanza-aprendizaje.

* Extractado del trabajo La aventura de aprender a pensar, que obtuvo el segundo premio en el concurso ABA 2007. Una escuela que enseña a pensar.

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About elproferoman

Hacktivista, cooperativista, profesor de informática, emprendedor, creador compulsivo y optimista sin remedio.

2 responses to “Autoridad, respeto y otra forma de enseñar”

  1. Roberto Marquínez says :

    30-3-08
    Buen día Román.
    Deseo comentar el siguiente párrafo de tu artículo “Autoridad, respeto y otra forma de enseñar”:
    “Y es necesario reconocer la ineficacia y las desventajas del castigo como instrumento pedagógico familiar y escolar. Aunque los castigos y las penitencias se han ido atenuando, todavía se apela a ellos como recurso didáctico. La mala nota, la tarea como castigo, la firma o la amonestación, la “prueba sorpresa”, echar al alumno del aula, dejar a los alumnos sin recreo, la repetición del curso, la burla, el reproche, incluso notificaciones a los padres, siguen demostrando que en la intimidad persiste la creencia en el castigo como recurso más adecuado”.

    No comparto que el castigo sea ineficaz y desventajoso. Si los adultos han planteado previamente a los alumnos -en el caso de que sean jóvenes, en sus hogares o en la escuela- las condiciones que deben estar presente en una actividad o situación determinadas, los motivos y consecuencias -benéficas y no saludables- (es decir que las reglas del ‘juego’ son claras), los aprendices entonces están avisados y uno de los daños que el docente -en esas circunstancias- puede ocasionarle, es no ser coherente con lo dicho.
    Estimo que deberíamos dejar de hablar en un plano teórico -casi estratosférico- y tomar ejemplos reales y concretos. A veces los ejemplos ayudan a aclarar malos entendidos y a reformular la teoría.
    Te saludo, Roberto.

    PD: Acabo de comenzar mi decimocuarto año ininterrumpido en la docencia formal (mi ejercicio informal se remonta 30 años más atrás), en escuelas estatales, de enseñanza media/polimodal y técnica, en Avellaneda, Dock Sud (al lado de una villa), Lanús, Quilmes (pegado a otra villa), Sarandí, Wilde, V. Domínico, en cursos del 1 al 5°, en los 3 turnos, con un alumnado formado por adolescentes y adultos.

  2. elproferoman says :

    Hola Roberto.

    Agradezco muchísimo tu comentario, ya que me ayuda a pensar que esto sirve para alguien más que “yo mismo”.

    En cuanto a la cuestión de los castigos que se plantea en este artículo (extractado de otras personas citadas en el mismo), tiene que ver con algo que personalmente me gusta y que grandes resultados me ha dado en mi labor docente.

    Se trata de trabajar por el objetivo, en generar sed de conocimientos en mis alumnos, en que encuentren en la actividad (informática en el caso mío y tuyo) una forma de expresión creativa y excitante.

    Seguro no es el camino más fácil y encima es un camino que no nos toco (seguramente) vivir como alumnos. Pero realmente creo desde el llano, la tiza y las horas de clase; que es el mejor de los caminos posibles.

    Un abrazo.

    Roman

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